China

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Terminó la actuación y, todavía entre aplausos, se apartó al margen del estadio, en la explanada delante de las gradas. El Amado Líder estaba a punto de salir a bendecir a todos los asistentes con sus palabras y a toda la nación a través de la retransmisión por televisión en directo.

Ella se sentía privilegiada. Llevaba haciendo gimnasia rítmica desde los tres años, entrenando desde entonces diez horas diarias, siete días a la semana, 365 días al año. Todo para un día poder actuar ante el Padre de la Patria, poder honorar Su presencia y poder vislumbrar Su Alma Celestial.

Y ese día por fin había llegado. Llevaba meses sin dormir por los nervios y el incremento de horas de entrenamiento. Había entrenado más y más duro a pesar de las lesiones en su rodilla. Había llorado a escondidas por miedo a caerse en medio de la actuación, por miedo a deshonrar a su Líder, a su Patria, a su entrenadora, a su equipo, a su familia. Y había llegado el día  y, a pesar del temblor constante en sus piernas, su cuerpo había respondido como un autómata y había ejecutado cada una de las piruetas con precisión milimétrica, con la misma seguridad con la que su corazón efectuaba cada latido.

Cuando el Líder salió al césped se escuchó una gran ovación con aplausos fervorosos de todos los asistentes. El Origen del Universo se sentó en el trono del centro del estadio y todos comenzaron a marchar ordenadamente ante Él para hacerle una reverencia. Él saludó magnánimo a todos con una sonrisa de medio lado pero, cuando ella realizó su genuflexión frente a Él, algo insólito pasó. Se levantó con cuidado de su trono, bajó los cinco escalones que le separaban del césped y se agachó para susurrarle algo al oído.

—Sé quién eres. Te conozco.

Ella no dijo nada. El pánico le agarrotaba el cuerpo y la laringe. Y aunque no hubiera sido así, tampoco sabía a qué se refería. ¿Cómo era posible que el Príncipe de los Sabios en su grandeza pudiera conocer algo de ella aparte de su insignificancia? Por supuesto que sabía de todos sus súbditos, para algo era omnipresente pero, ¿por qué detenerse y dirigir Su Dorada Voz precisamente a ella?

Él se impacientó mientras miraba directamente a sus ojos esperando una respuesta. Ella no tenía permitido devolverle la mirada pero notaba perfectamente cómo penetraban Sus Ojos del Alma mientras la observaban fijamente.

—Disculpe, Su Excelencia, no sé a qué se refiere —consiguió decir finalmente con un hilo de voz.

—Pues que sé quién eres. Eres la hija de la Paqui, la que tenía una peluquería en la plaza de la fuente. Éramos amigos de pequeños y tú eres clavadita. ¿Qué tal está tu madre? Fuimos novios un año, ¿sabes? Luego yo me tuve que ir del Pueblo. Ya sabes, asuntos de Palacio. En teoría a mí no me tenía que tocar esto de ser Amado Líder pero, tras la muerte de Padre, mis hermanos mayores entraron en guerra por la sucesión y acabaron matándose mutuamente. Fíjate, aquello fue divertido, el mayor mató al segundo en un accidente de caza y el segundo había envenenado una botella del mejor licor que el primero se tomó para celebrar la muerte del segundo. Ya ves qué par de imbéciles. Yo no les conocía mucho, ellos sí vivían en Palacio y se preparaban para la sucesión mientras yo vivía en el Pueblo. La verdad es que la vida en Palacio es bastante aburrida y estos saraos con actuaciones son de lo peor. Por eso me alegro mucho de haberte encontrado. Estás igual que siempre, tan guapa como siempre. ¿Sigues cortando el pelo? ¿Sigues teniendo la peluquería en la plaza? Perdona que te esté contando tanto rollo, Paqui, es que me muero de ganas por hablar con alguien y a ti hacía muchísimo que no te veía. Me alegro mucho de verte —dijo, deteniéndose para ver que, a su alrededor, todo el estadio les observaba en silencio—. Espera, tengo que seguir con este rollo del desfile pero luego te vienes al Palacio y nos ponemos al día. ¡Qué ilusión me ha hecho encontrarme contigo!

Él la sonrió esta vez directamente a los ojos con los que ella le miraba atónita. Subió los escalones y volvió a sentarse en el trono. Ella se mantuvo unos segundos completamente paralizada pero, tras recibir un pequeño empujón de la gimnasta que iba siguiente en la fila, continuó marchando hacia la salida del estadio.

Lámina decorativa de cuadro China

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