Quedarse a dormir en casa de Pablo tiene premio. Y el premio se llama Carmen. Carmen es su madre y es la mujer más mujer que he visto en mi vida. Es alta, con el pelo castaño, una voz profunda que te acaricia cuando habla y un cuerpo que no me canso de mirar.

Nos levantamos por la mañana, es sábado y tenemos que ir a entrenar al fútbol. Vamos a la cocina y aparece ella, envuelta en una bata de seda azul, para ayudarnos con el desayuno.

– ¿Qué tal habéis dormido, chicos?

Y veo como se mueve por la cocina, sacando los vasos, abriendo y cerrando armarios. La seda se pega a su cuerpo y siento la curva de su culo.

– ¿Os apetece que os haga unas tostadas?

Y saca la mantequilla de la nevera. Se acerca a la mesa, apoya las manos en los bordes y su bata se abre gloriosamente dejando ver cómo comienzan sus pechos. Me sonríe con esos labios pícaros y me mira fijamente con sus ojos azules. Me levanto, me coloco detrás de ella y meto las manos por los bordes de su bata, recorro sus caderas por los lados, su cintura caliente y le abarco las tetas, dejando que sus pezones se endurezcan entre mis dedos.

– ¡Miguel! ¡Estás dormido todavía! ¡Dice mi madre que si quieres también un zumo!

Desayunar en casa de Pablo tiene premio. Pero un día de estos me parece que la lío y no me dejan volver.

Taboo