El dictador subió las gafas de bucear y las colocó en su frente, cruzó los brazos sobre su uniforme de gala de primavera y miró satisfecho su Reino de doscientos metros cuadrados. Había sido un día muy duro.

El dictador se despertó temprano, con el alba. Apartó el dosel de su amplia cama y comenzó a dar órdenes a la servidumbre imaginaria mientras se aseaba, preparaba el desayuno y se vestía con el uniforme de campaña para revisar el estado del Reino.

Los trabajos de jardinería habían sido agotadores, por lo que tuvo que recuperar fuerzas a la sombra de la casa, mientras daba órdenes a sus jardineros (de nuevo, imaginarios). La revisión de la vajilla de porcelana y la limpieza de las seis cucharillas de plata le tomaron más de una hora, por lo que estuvo dudando si realizar la limpieza trimestral del gran tapiz de caza de la pequeña sala de estar. La revisión de las armas le llevó menos tiempo del esperado, así como el repaso a las caballerizas de su palacio. El tiempo parece encogerse cuando se realizan tareas imaginarias.

A media mañana, con todos los trabajos de exterior terminados, decidió que era hora de tomar su cacao soluble con un mojicón, como hacía a diario desde tiempos inmemoriales.

Tras el frugal almuerzo, el dictador subió a sus aposentos y, lentamente, de forma metódica siguió con su rutina; se dio una ducha fría, para a continuación buscar su uniforme de gala. Eligió el uniforme de primavera, ya que ésta era su estación del año favorita. Mientras se ponía los pantalones, el chaqué, el fajín, todos sus premios militares, su espada de gala y los botines, su cabeza no paraba de dar órdenes a su ayuda de cámara.

Por último, pulcramente vestido, salió del pequeño palacio para presentarse ante los súbditos del Reino.

(Escrito por Luis Sánchez Acera @lsacera)

General Mola – óleo sobre lienzo